Los campos, después una casa ajena, las manos partidas por el trabajo, y el dinero guardado en un calcetín.
En el norte aprendí a trabajar con las manos de una manera que no conocía. En el pueblo se trabaja duro, pero distinto. Aquí era de sol a sol, agachada entre las matas, con la fresa o el jitomate, las manos partidas y la espalda que no perdona. Te pagaban por caja. Aprendías a ir rápido sin pensar, porque pensar cansaba más.
Después entré a trabajar en una casa, limpiando y cuidando niños que no eran míos. La señora era buena gente, a su manera. Me enseñó palabras en inglés señalando las cosas, la mesa, la ventana, el reloj. Yo las repetía en la noche para no olvidarlas. Guardaba el dinero en un calcetín, no confiaba en los bancos, y cada cierto tiempo iba al correo a mandar un giro al pueblo. Igualito que había hecho mi madre con las cartas, años antes, sin saber yo que un día haría lo mismo del otro lado.
No me daba vergüenza ese trabajo, y no quiero que a ustedes les dé vergüenza por mí. Mi madre me decía una cosa: el dinero ganado con trabajo honrado está limpio, no importa de qué trabajo sea. Yo limpié casas treinta años y crié hijos ajenos con cariño, y con eso saqué adelante a los míos. Si eso no es para estar orgullosa, no sé qué lo sea.
Lo más duro no era el cuerpo cansado. Era la soledad de los primeros años, el idioma que no me salía, la sensación de ser invisible en un lugar donde nadie sabía mi nombre completo, ese que solo mi madre usaba. Pero una se acostumbra, y peor todavía, una echa raíces sin darse cuenta. Un día desperté y este país, que tanto me había costado, también era mi casa. No supe ni cuándo pasó.