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Família
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La familia que formé

29 juin 2026·275 palavras
Una fiesta en el patio, papel picado y guitarra. Así eran nuestros años buenos. Imagen de ilustración.

Rafael, tres hijos, una casa chica que siempre estaba llena, y los primeros en ir a la universidad.

A Rafael lo conocí en una kermés de la iglesia. Él también era de Jalisco, de un pueblo cerca del mío, aunque tuvimos que cruzar medio mundo para encontrarnos. Tocaba un poco la guitarra y cantaba rancheras desafinado, y eso a mí me pareció lo más bonito que había oído. Nos casamos al año, con una fiesta chica y un mole que hice yo, llorando de felicidad y de cebolla al mismo tiempo. Tuvimos tres hijos. Carlos, Rosa y el más chico, Memo. La casa era chica pero siempre estaba llena, de niños, de primos, de paisanos recién llegados que no tenían a dónde ir y a los que les poníamos un plato y un petate. Así me habían criado a mí, y así crié yo. El que llega, se sienta. Trabajábamos los dos, turnos cruzados, para que siempre hubiera uno en la casa. Estábamos cansados, siempre cansados, pero eran años buenos, los mejores, aunque uno no lo sabe mientras los vive. Los domingos parábamos todo. Hacía de comer, nos sentábamos juntos, y Rafael les preguntaba a cada uno qué habían hecho en la semana y los escuchaba de verdad. A los tres les dijimos lo mismo desde chicos: ustedes van a estudiar. No cruzamos lo que cruzamos para que ustedes corten fresa. Y estudiaron. El día que Carlos, el mayor, fue el primero de toda nuestra sangre en entrar a una universidad, Rafael y yo nos quedamos en el carro afuera, sin bajarnos, agarrados de la mano, llorando como dos tontos. Habíamos venido por eso. Ese día, ahí en el carro, supe que había valido la pena todo, hasta la noche en el desierto.

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