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El cruce

29 juin 2026·284 palavras
Los campos de California que no se acababan, la primera mañana. Imagen de ilustración.

Veintidós años, una hermana, un morral y el nombre de un primo en un papel. La noche que dejamos el pueblo.

Crucé con mi hermana Lupe en el setenta y dos. Ella tenía veinte años, yo veintidós. Llevábamos un morral cada una, una foto de nuestra madre, y el nombre de un primo escrito en un papel que doblé y desdoblé tantas veces que casi se borra. No voy a contar todo del cruce, porque hay cosas que una guarda. Pero diré que fueron días largos, que tuvimos miedo, y que hubo gente buena y gente que no lo era, como en todas partes. Hubo una noche en el desierto en que Lupe se quería regresar, y yo le agarré la mano en lo oscuro y le dije una mentira, le dije que ya casi llegábamos, aunque yo no sabía dónde estábamos. A veces el amor es eso, decir una mentira amable para que el otro pueda dar un paso más. Lo que más extrañaba no era el pueblo entero. Era cosas chiquitas. El olor del comal en la madrugada. La campana de la iglesia. La voz de mi madre. Una se va por una vida mejor, eso decíamos, pero nadie te explica que también te vas de los olores, de los sonidos, de la manera en que la luz cae en un lugar y en ningún otro. Llegamos con el primo a un pueblo de California rodeado de campos que no se acababan nunca. Esa primera mañana me asomé y vi hileras de árboles hasta donde llegaba la vista, y pensé dos cosas al mismo tiempo. Pensé qué grande es esto. Y pensé qué lejos estoy de mi madre. Las dos cosas eran ciertas, y aprendí que casi siempre lo son, que la vida casi nunca te da una sola cosa a la vez.

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