La Virgen de Guadalupe junto a la puerta, la misa, y la mesa de los domingos que mantuvo a la familia unida.
En mi casa, lo primero que se ponía al entrar a vivir, antes que los muebles, era la imagen de la Virgen de Guadalupe junto a la puerta. Mi madre lo hacía, su madre lo hacía, y yo lo hice en cada casa donde viví, hasta en el cuartito de los primeros años. No es solo religión, aunque también lo es. Es una manera de decir: aquí, en este lugar nuevo y ajeno, también estamos nosotros, también está lo nuestro.
Íbamos a misa los domingos, todos peinados y apretados en el carro. La iglesia se fue llenando con los años de gente como nosotros, y el padre acabó dando una misa en español que era la más llena de todas. Ahí no éramos invisibles. Ahí cada quien tenía su nombre completo. Salíamos y afuera había puestos, tamales, champurrado, y uno se quedaba a platicar como si fuera la plaza del pueblo. Por unas horas, los domingos, volvíamos a casa sin salir de California.
La mesa de los domingos fue lo que mantuvo a la familia junta. Yo creo en Dios, pero también creo en sentarse a comer juntos, y a veces pienso que es la misma cosa. Mientras hubo mesa de domingo, los hijos volvían, por más ocupados que estuvieran, por más lejos que vivieran. Una madre no siempre puede darles consejos que acepten ni dinero que no necesiten. Pero siempre puede poner la mesa, y dejar que el olor haga el resto.
Les voy a confesar una cosa. Cuando me siento más sola, no rezo pidiendo cosas. Nada más me pongo a cocinar algo que olía mi madre. El mole, el pozole, las tortillas en el comal. Y por un rato, mientras la cocina se llena de ese olor, ella está aquí. La fe es eso para mí, al final. No es solo mirar al cielo. Es el olor que te regresa a los que amaste.