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Infancia
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El pueblo y la cocina de mi madre

29 de junio de 2026·316 palabras
El comal antes del amanecer, en la cocina de mi madre. Imagen de ilustración.

Un pueblo de Jalisco, el olor del comal antes del amanecer, y la voz de mi madre llamándome para el desayuno.

Nací en un pueblo de Jalisco, de esos que no salen en los mapas grandes. La casa era de adobe, fresca en el calor y fría en las pocas noches de frío, con un patio en el centro donde mi madre tenía sus macetas y una jacaranda que en abril dejaba todo morado. Lo que primero me regresa cuando pienso en esos años no es una imagen, es un olor. El olor del comal en la madrugada, cuando mi madre echaba las primeras tortillas y la lumbre todavía estaba baja. Yo dormía con mis hermanas en un cuarto, y antes de abrir los ojos ya sabía que era de mañana por ese olor a maíz y a humo. Después venía su voz, llamándome por mi nombre completo, que solo usaba cuando hablaba en serio o cuando me quería despertar. Mi madre cocinaba para todos. No solo para nosotros, también para el que llegara, porque en el pueblo el que llegaba se sentaba. Hacía un pozole los domingos que juntaba a media familia, y un mole para las fiestas que le tomaba dos días, moliendo los chiles en el metate hasta que le dolían los brazos. Yo me sentaba en un banquito a verla, con las manos llenas de masa, aprendiendo sin saber que aprendía. Mi padre trabajaba la tierra, frijol y maíz, y miraba el cielo como quien lee un libro. No éramos ricos, pero nunca sentí que me faltara nada. Había de comer, había rezo en la noche, y había una certeza que de niña no sabía nombrar y que después extrañé toda la vida: la de saber exactamente quién era uno y de dónde venía. Esos primeros años fueron cortos. La vida nos iba a llevar lejos, a mi hermana y a mí. Pero el comal en la madrugada se quedó conmigo. Lo llevé al norte como quien lleva una foto en la cartera.

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